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El océano siempre representó una frontera de exploración para los humanos. Tomó varios siglos explorar su superficie y tomará lo mismo, o más, explorar sus profundidades. La pregunta sobre la existencia de vida más allá de algunos cientos de metros tuvo algunos intentos de respuesta en el siglo XIX, y bastó con una serie de observaciones poco representativas en el Mar Egeo en 1841 para que se sostuviera por unos 25 años que el fondo del océano carecía de vida, lo que se denominó la hipótesis azoica. ¿Qué criaturas podrían vivir en oscuridad absoluta, presión hidrostática altísima y con fuentes de alimento aparentemente nulas o escasas? Cada tanto, sin embargo, surgían noticias de cierto capitán que, en algún lugar remoto, aseguraba haber obtenido ejemplares de invertebrados a varios cientos de metros de profundidad. Además, llamó la atención el relato de cuando se trajo a la superficie un cable del telégrafo para su reparación y adheridas venían ostras y un coral. Pero no fue hasta la acumulación de observaciones sistemáticas en diferentes puntos del océano que se desterró la hipótesis azoica. La primera visión global de las características del océano profundo emergió con la expedición del Challenger (1872–1876) que, en cuatro años de circunnavegación, recorrió las principales cuencas realizando determinaciones de profundidad, tipos de sedimentos y relevamientos de organismos. Esta expedición se considera hoy el inicio de la oceanografía moderna.
El océano profundo se define usualmente a partir de los 200 m de profundidad, punto en el que las plataformas continentales submarinas suelen dar paso a pendientes abruptas y la luz ya no es suficiente para sostener la fotosíntesis, aunque todo límite fijo es algo arbitrario en sistemas naturales con gradientes continuos y dinámicos. Lo relevante es que, definido así, el océano profundo representa más del 90% del volumen total del océano. Por debajo del kilómetro de profundidad, la oscuridad es total y la columna de agua se extiende hasta el fondo del océano, alcanzando casi los 11 kilómetros en las fosas más profundas que, junto con taludes continentales, montes submarinos y crestas, interrumpen las extensas llanuras abisales. La temperatura se mantiene a unos pocos grados por encima de 0°C en la mayor parte del fondo del océano, pero las fumarolas hidrotermales pueden liberar agua a más de 400°C sin que llegue a hervir, gracias a la enorme presión. Esta heterogeneidad brinda una diversidad de nichos para macro- y microorganismos.
Equinodermos, cnidarios, esponjas, moluscos, crustáceos y peces se distribuyen en diferentes ambientes del océano profundo. Algunos grupos de peces protagonizan cada noche una de las mayores migraciones de biomasa, ascendiendo cientos de metros para alimentarse en aguas superficiales y descendiendo al amanecer. Otros animales, en cambio, habitan permanentemente en aguas profundas o sobre el sustrato del fondo y dependen en gran medida del hundimiento de las partículas orgánicas que se originan por la actividad biológica de la superficie, sostenida por el crecimiento del fitoplancton. Sin embargo, la producción primaria independiente de la fotosíntesis existe, y se basa en la quimiosíntesis. Llevada a cabo por microorganismos unicelulares (bacterias y arqueas), consiste en la fijación de carbono utilizando la energía química de compuestos reducidos (hidrógeno, metano y sulfuro de hidrógeno, entre otros) presentes en filtraciones del fondo o en sedimentos. Otros grupos bacterianos de la columna de agua aprovechan amonio y nitrito provenientes de la descomposición de la materia orgánica particulada que se hunde. La quimiosíntesis es, además, el tipo de metabolismo que pudo haber sostenido a las primeras formas de vida en la Tierra, y es uno de los procesos que la astrobiología considera al pensar en la habitabilidad de los océanos subsuperficiales de lunas como Europa y Encélado: estudiar microorganismos del océano profundo es, en parte, asomarse a esas hipótesis.
La mayoría de los microorganismos mencionados no han podido ser cultivados en laboratorios, donde resulta difícil reproducir simultáneamente la baja temperatura, la alta presión, la oscuridad y la química particular de su ambiente nativo. La alternativa ha sido secuenciar ADN de comunidades enteras presentes en el agua de mar o en sedimentos. Iniciativas de circunnavegación como Malaspina, que en 2011 recorrió el océano tomando muestras de agua a 4000 m o, más recientemente, el proyecto MEER (por sus siglas en inglés, Mariana Trench Environment and Ecology Research), con foco en la zona hadal (> 6000 m), revelaron la existencia de nuevos microorganismos y patrones de diversidad a gran escala. Además, estos análisis metagenómicos mostraron un repertorio funcional acorde con las condiciones del ambiente, como enzimas que operan a bajas temperaturas y altas presiones, o modificaciones en la membrana celular que preservan su fluidez.
Argentina cuenta con una enorme extensión de océano profundo en su territorio y con grupos de investigación centrados en este ambiente y su biodiversidad. Durante el año 2025, la temática ganó protagonismo con las imágenes obtenidas por tres campañas a bordo del buque Falkor (too), que contaba con un vehículo operado de forma remota (ROV, por sus siglas en inglés). Este vehículo no solo podía sumergirse a miles de metros, sino también filmar su entorno con alta resolución y tomar muestras con brazos robóticos, además de transmitir todo en vivo. Las investigaciones a partir de esas inmersiones serán fuente de novedades científicas, contribuyendo así a la exploración del océano profundo global.
El estudio del océano profundo también contribuye a su manejo y conservación. Como rasgo común, los organismos del océano profundo presentan tasas metabólicas y de crecimiento bajas, con ciclos de vida y tiempos de recuperación de hábitats que se extienden en escalas de decenas de años. Esto los hace particularmente vulnerables a perturbaciones como la pesca de fondo o la eventual minería industrial. Y en la dirección inversa, el metabolismo microbiano del océano profundo media procesos centrales de los ciclos biogeoquímicos: entre otros, la remineralización de la materia orgánica y la oxidación anaeróbica de metano que consume parte de este potente gas de efecto invernadero antes de que alcance la atmósfera, influyendo así sobre el ciclo de carbono y modulando el funcionamiento del clima planetario, incluso sin que lo percibamos.
Se publicó el número 1 del volumen 36 de la revista de la AsAE, correspondiente a abril de 2025, con once artículos.
Se realizó un nuevo webinar a cargo de Lucía Vivanco, titulado "Mecanismos de control de descomposición en ecosistemas agrícolas y ganaderos de la región pampeana". Con este trabajo Lucía ganó el Premio AsAE a la Investigación Ecológica en Argentina.
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Ferreiro NA, Satti P y Mazzarino MJ. 2026. Compost legacy effects in active roadside restoration: medium-term shifts in plant succession. Ecological Solutions and Evidence 7 (2): e70214. https://doi.org/10.1002/2688-8319.70214
Sun, S. Y., Zhou, J., Mueller, C. W., Delgado‐Baquerizo, M., Zhang, Y., Groenigen, K. J. v., Nottingham, A., Buss, W., Chen, X., Ayuso, S. V., Kristensen, J. A., Ma, Y., Liu, S., Scholz, F., Wanek, W., Olesen, J., Cao, J., & Chen, J. (2026). Long‐term warming drives mineral‐associated organic carbon accumulation on the Tibetan Plateau. Functional Ecology. https://doi.org/10.1111/1365-2435.70351
Feijoó CS, Vilches C, Ferreiro NA, Sabater S y Giorgi A. 2026. Nutrient addition increases benthic biofilm respiration in a nutrient-rich Pampean stream. Hydrobiologia 853: 2137–2150. https://doi.org/10.1007/s10750-025-06057-z
Barzan, F. R., Calamari, N. C., Goijman, A. P., Canavelli, S. B., & Dardanelli, S. (2026). Identifying vegetation structure thresholds for bird communities in livestock-grazed forests. Forest Ecology and Management, 613, 123798. https://doi.org/10.1016/j.foreco.2026.123798
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